Cada vez hay más información de las IAs que ayudan a los creativos y que generan ideas y campañas impresionantes. Y más aún, también generan imágenes, que «ven» y analizan.
Como fotógrafo, que busco capturar la emoción en lo abstracto, me pregunto: ¿Si yo veo poesía en un reflejo, qué demonios ve una máquina? No soy ingeniero, soy fotógrafo, y siento una curiosidad inmensa por entender a esta nueva «competencia» y su deriva. Así que he decidido hacer mi propio experimento: un cara a cara entre mi ojo y el algoritmo.
La prueba: Enfrentando mi arte al «ojo» de Google
He usado una de mis fotografías recientes, una de esas imágenes donde el foco emotivo principal se mimetiza con el entorno creando algo que, para mí, cuenta una historia. He sido un poco cabroncete por elegir esta foto, ya que es un plano abierto cuyo interés principal está algo oculto, pero que cualquier humano identifica al instante.
La subí a una herramienta de análisis de visión artificial (usé la demo pública de Google Cloud Vision). Quería saber cómo etiqueta el software mi trabajo. Sinceramente, esperaba términos como «arte abstracto», «composición» o quizás «textura».
El resultado: Pareidolia Digital
Lo que ocurrió me dejó confundido a la vez que aliviado. No es oro todo lo que reluce!
Lo que vio la máquina (La alucinación)
El algoritmo, con un sorprendente 72% de confianza, aseguró ver algo que no existe:
- Fisherman (Pescador)
- Recreational Fishing (Pesca recreativa)
La IA vio el río, detectó el pequeño palo del mástil y su lógica estadística completó la escena inventándose a una persona. Ha alucinado un pescador fantasma. Es incapaz de detectar la escala o el contexto; para la máquina, si hay río y palo, hay pesca. No entiende el concepto de «juguete».

Lo que yo veo (La realidad)
No había nadie pescando. Era un pequeño barco hecho con una hoja y una ramita, navegando a la deriva. Mi intención era capturar la nostalgia de la infancia, ese momento inútil y hermoso de ver algo fluir. Aunque no está en el encuadre, por la orilla iba un chiquillo corriendo para recogerlo río abajo.
La IA ha intentado darle una utilidad (pescar) a una situación que era pura emoción.

Por qué esto es vital si usas mis fotos
Este pequeño error de la IA me ha confirmado el verdadero valor de los activos digitales que ofrezco.
Si eres diseñador o creativo y descargas una licencia de mis fotos, no estás comprando un archivo JPG de «suelo». Estás comprando una visión humana que la máquina no puede replicar precisamente porque no puede «sentir».
La IA busca cerrar el significado (decirte qué es). Mi fotografía busca abrirlo (dejarte sentir qué es). Esa ambigüedad es lo que hace que una imagen funcione en un proyecto editorial o web: permite que el espectador proyecte sus propias emociones, sin etiquetas rígidas.
Conclusión: Un compromiso de curiosidad
Esto no acaba aquí. Me ha picado el gusanillo. He decidido convertir esto en el inicio del «Proyecto Pareidolia».
Voy a seguir retando a los algoritmos con mis nuevas obras periódicamente. Quiero rastrear si algún día la máquina aprende a ver la «melancolía» en una pared desconchada o si seguirá viendo solo datos. Hasta entonces, seguiré saliendo con mi cámara a capturar eso que, afortunadamente, sigue siendo invisible para el código.
